Si de nadar se trata, para preparar sensaciones de cara al próximo triatlón de Valencia, nada mejor que aumentar la distancia y chapotear en las mismas aguas participando en la travesía al puerto. Aprovechamos la oportunidad y nos apuntamos. El día de la verdad la inscripción cae como otro madrugón para nuestra la colección, donde nos despierta la ya típica sensación fugaz de arrepentimiento por habernos liado (no sé por qué siempre apetece más quedarse en cama, y más si el día anterior como de costumbre no has parado), pero al final sacamos fuerzas y al poco rato estamos ya inmersas en el tinglado para la recogida de chips y gorros en el límite horario marcado.
Paseo en barco hasta la zona de salida, el el viaje revisión de la ruta a seguir, toma de referencias y disfrute del solecito que quiere acabar de despertarnos. Llegamos al final de la dársena y todavía tocaba espera de casi dos horas. La megafonía de la organización animaba musicalmente y la multitud arropaba la zona, pero echamos de menos algún rincón mullidito para poder acurrucarnos aunque sólo fuera diez minutitos (la solanera del triatlón de Titaguas y las actividades del día anterior pasaban factura en forma de aletargamiento).
Una manguera hábilmente preparada para ello nos permitió un remojón restaurador y ayudó a acortar la espera hasta que empezaron los toques de salida para los distintos grupos según número de dorsal. Empiezan a acercarse los kayaks y piraguas de rescate, acorralan alguna que otra medusa que se vislumbraba y empieza la travesía. Salto de unos tres metros hacia el canal, todavía no nos toca, pero vivimos ya la emoción del momento viendo las salidas en primera fila, qué máquina la gente, increíble cómo nadan! Finalmente dan el aviso para el último grupo, ahora sí!!
Cuando dan nuestra salida el salto parece más imponente que visto desde fuera cuando saltaban los demás, así que nos lo pensamos un poco, ay, ay, ay, pero sin perder demasiado tiempo y sin pensarlo demasiado, al agua y ya estamos a remojo, tratando de coger ritmo rumbo al arco de meta, que todavía ni se vislumbra de lejos. Mucha gente agolpada al principio, es difícil pasar y hay que orillarse tratando de no desviarse demasiado, recibimos algunas patadas y manotazos, pero soportables. Avanzar, orientarse, nadar, avanzar, orientarse… Brazadas entorpecidas a veces por algún bicho que es preferible no saber qué es, otras por alguna basura arrojada al mar. Nado tranquilo y relajado, sin prisa, buscando el disfrute y las sensaciones buenas. Se cruzan personas por delante, de derecha a izquierda y de nuevo al revés, qué gracioso, desorientadas al parecer, ¿se nos verá así a todas desde fuera? Pasamos a otras, las demás quedan lejos, seguimos en solitario. Concentradas en las sensaciones y en el objetivo final de superar esos dos mil metros con una sonrisa, avanzamos hasta el final y llegamos con muy buena suerte, sin picaduras de medusas ni tensiones musculares sorpresa. Con intenso sabor de boca salado, bajo la piel queda la satisfacción de otra aventura más, otro de nuestros atrevimientos superado! Estamos cada vez más cerca del próximo reto, el triatlón de Valencia, que dará comienzo justamente en las aguas de ese mismo puerto.
por Cristina San Martín
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